No le voy a poner nombre, no quiero que tenga ningún límite. La quiero libre. Si le doy un nombre de alguna forma la hago mía y la veo llorando por ello, ocultando el rostro entre las sábanas de la cama. La creé desde este lugar estéril y anónimo. Mi cuerpo ya es parte del suelo frío y hostil; las raíces no quieren atesorarme entre sus ramificaciones. Yo ya no quiero ser acogida. Mis motivos son los del hombre del desierto y sus montañas que cantan las historias de los que ya no tienen voz. Y la que murió sin canto, alejada de mí y de ella, la que creé para bailar. Es un interrogante en espiral, misterio indescifrable que vive de su oscuridad poética. No debe ser resuelta, no debe ser respondida, encontrada, nombrada. Ella: siempre ella. Podría ser cualquiera, solo yo conozco a la verdadera. Pero esa es otra forma de hacerla mía.
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