A lo lejos. Este hogar fue en su inicio una casa vacía. El
hogar vino después: ¿fue al poner los muebles? ¿Al domiciliar los pagos de los
suministros? ¿Ocurrió a la primera risa en familia? ¿Al primer grito?
Esta casa en un inicio fue una cáscara abandonada por otra
persona. Como toda cáscara había algún desperfecto aquí y allá; se debió echar
una capa de pintura a las paredes y, antes de ello, las pintarrajeamos aún más
entre los tres. Yo tenía cinco años y aún no sabía que la chimenea que tanto me
gustaba empezaría a estropearse a los pocos años y acabaría usándose como un cajón
más donde guardar los adornos de navidad. Tenía cinco años y era la cuarta o
quinta casa donde vivía, el hogar era algo que transitaba entre las piernas y
las manos de las adultas de mi vida. No importaba mucho donde estuviera o
durmiera, mientras estuviera con alguna persona que me cuidara y me hiciera
sentir segura. Sin embargo, ya conocía lo que era sentir miedo. De esa
experiencia aprendí a seguir los pies de mi padre, pisándole los talones para no
perderlo de vista. Tenía la manía de mirar al suelo y no arriba, como suelen
hacer las criaturas. Pintaba y marcaba las paredes de esta nueva casa que no
significaba nada para mí, más que un entretenimiento momentáneo.
Posteriormente, se amuebló y decoró cada habitación y empecé a construir mi
propio lugar: mi propia casa dentro de la casa. Nació mi hermana y a mi
padrastro le molestó perder su despacho para hacerle una habitación. Una casa
puede tener muchas o pocas habitaciones, pero no siempre se siente que se tiene
un espacio dentro de ella. Mi habitación era el lugar de mis miedos y sueños.
Junté el terror con la fantasía e imaginaba que algún día descubriría que había
otro lugar al que debía ir, al que pertenecía de verdad. Soñaba que debía hacer
la mochila y qué objetos debía llevarme para sobrevivir durante el camino.
Soñaba con cabañas en el bosque y casas escondidas entre callejones de la
ciudad. Me sentía cómoda en mi habitación, pero nunca me sentí segura, nunca
sentí algo parecido a paz. Ni ahí
ni en ningún sitio que formaba o formaron parte de mi vida de niña y
adolescente. Los gritos que hacían temblar las puertas fueron aumentando y, con
ellos, yo iba empequeñeciendo en vez de crecer, como debía ser, como tocaba ser. De noche alzaba la mano
arriba e imaginaba que alguien me agarraba y me alzaba para
alejarme y salvarme de todo aquello. Mi propia casa dentro de la casa se
transformó en un cuarto sin ventanas ni puerta, una trampa-guarida perfecta
donde la soledad no podía ser compartida. Sé que mamá intentó entrar, pero yo
no la dejé porque no tenía mirilla por donde mirar antes de abrir una grieta.
Todo lo de afuera me parecía peligroso. Era de noche y ya era de día y debía ir
a la escuela, abandonar el sueño de la mochila y el viaje y adentrarme en la
realidad que parecía más sueño que el sueño mismo. Entre niebla, siempre
caminando entre niebla, las voces me llegan borrosas y los rostros se desdibujan
y todo parece grotesco, aunque quizás no lo sea o no lo sea tanto. Andaba
torpe, dando rodeos, pisando mal y torciendo el tobillo sin llegar a la lesión.
Todo era tan extraño y tan rutinario.
Ahora, este ahora que dentro de poco será un ayer, tengo veintinueve años y he vivido doce fuera de esta casa. Mi habitación ya no es mía,
mi padrastro ya no vive aquí y mi madre parece que sigue tumbada en su cama,
intentando dormir para no sentir el dolor del cáncer que la consume por dentro
desde hace años y que ha empezado a dolerle hace poco. Pero mi madre murió
la semana pasada. Desde entonces la luz de la cocina ha dejado de funcionar y
yo sigo dándole los buenos días cuando paso por su cuarto. Ahora, que será
ayer, estoy sola en esta casa e intento recordar qué pinté o escribí en la
pared antes de ser pintada. Descubrí que mi hermana hizo marcas en la estantería
para señalar su altura mientras iba creciendo. Me he enterado que el árbol seco
del balcón era de la amiga de mamá que también murió de cáncer, y ella hizo
crecer una selva justo debajo. He comprendido que mi niña sigue por este lugar,
vagando, buscando algo que le pertenezca. Y ahora, que será ayer, sé que dentro
de unos meses tendremos que irnos de aquí, mi hermana y yo, y vaciar de hogar a
esta casa para que vuelva a ser cáscara. Las personas que vengan no sabrán de los bailes de mi hermana en el salón, no oirán las canciones que
nos inventábamos mientras esperábamos que mamá volviera por la noche de trabajar.
No sabrán que hubo gritos y silencio por parte del resto. No conocerán a mi
madre, que seguro se hubiera hecho amiga enseguida. No sabrán de mis secretos guardados en un diario que ya quemé pero que no olvido. Algún mueble quedará en
la acera. Alguien lo recogerá. Y yo haré una mochila con los objetos que debo
llevarme para sobrevivir durante el camino.