viernes, 16 de noviembre de 2018

La rutina
de no decir
de no sentir.

El Padre en el sofá
fumando pipa
manchada la boca
de tierna indiferencia

La Madre cortando tendones
sobre la encimera de la cocina.

Y el gesto
hiriendo
en la espesura
de lo que no se habla.

A los tres ya vivía en la palabra muerta.

Caídas desde el suelo al suelo mismo:
no hay final ni comienzo.
La visión del vaso antes de derramar su contenido,
la visión del momento justo antes del golpe.
Los golpes en mi cuerpo resonando a hueco,
temo romperme y ver tan vacía estoy de tanto.

Mamá, ojalá pudiera colorear la mirada.

Mamá, juega conmigo esta tarde de domingo.





Mi niña duerme apretando los ojos fuertemente.

Mi niña duerme acunada por ella misma,
y pide siempre leer un poco más de aquel cuento.

Mi niña duerme porque no sabe hablar,
y aunque supiera quizás tampoco podria hacerlo.

Mi niña duerme porque es mas fácil dormir
porque no encuentra consuelo
y su sueño es un pie menos en la tierra.

Y yo la observo de reojo, sin atreverme a hacer ruido,
huyendo del momento y de los ojos fijos en el techo
Vacío las huellas mientras maldigo estas manos temblorosas mías,
el gesto inacabado que no puedo,
el cuerpo hecho piedra de río entre arena a medio enterrar.

Sin embargo sé
sé que un día llegará el recuerdo.

Mi niña despertará
"que luz tan fría" 
Y ahí estare yo para abrazarla.