viernes, 19 de agosto de 2016

Recuerdo entre niebla. Mi recordar siempre ha sido difuso y teñido de un tinte de irrealidad. Nunca estoy segura del todo de si estoy viendo en mi mente algo soñado, imaginado o realmente vivido. Seguramente una combinación de las tres. Recordar siempre tiene cierto cariz teatral. Y fantasmal. 

Soy muy pequeña, tendré unos tres años. Estoy en la habitación de mamá, sentada en su cama que es tan baja que mis pies llegan, o casi, a tocar el suelo. No sé donde está mi padre. Ni siquiera sé si aquí aun estaban juntos. Solo recuerdo a mamá y a mí solas. Tengo la sensación de que estuvimos ella y yo solas mucho tiempo, pero haciendo cuentas debió ser apenas un año. 
Mamá me dice que tiene que ir a la tienda a comprar leche, que me quede muy quieta y sea buena niña, que ella vuelve en nada. Oigo la puerta cerrarse y yo me quedo muy quieta y pienso que si soy muy muy buena mamá volverá, y que si me muevo aunque sea muy poquito, mi castigo será no verla nunca más. Pienso éso y tengo miedo y el miedo solo se va tensando y controlando cualquier movimiento de mi cuerpo. Intento incluso respirar poco, sin aspirar ni expirar profundamente, haciendo de mi respiración entrecortada e insuficiente. Empiezo a marearme, pero me mantengo firme y muy quieta. Mi mente se aleja, es mi capacidad más útil: me voy y dejo atrás el cuerpo como si fuera una cáscara vacía donde solo encuentro miedo y angustia por su no contenido; y me voy lejos, liviana, volátil, olvidada de mí y feliz en la inconsciencia. 
Mamá ha vuelto, desperté con el ruido de la puerta. No recuerdo qué dijo cuando me vio ahí en la cama, muy quieta, en la misma posición en la que me dejó. A veces cuenta esta anécdota como algo gracioso, pero no siento que se riera al verme, o que se riera porque realmente le hiciera gracia. En mi familia no solemos mostrar las cosas tristes como cosas tristes. Las disfrazamos y nos disfrazamos con ellas.