jueves, 9 de septiembre de 2021

Una vez de tantas una niña se escapó de la imposición paterna rompiendo el origen opresor. Dio muchos pasos a trompicones, pues no le habían enseñado a andar en círculos como suelen ser las huidas con el miedo a la espalda. De tanto caer se encontró a otras que también caían y se tropezaban entre sí, con más o menos rencor por tales encontronazos intempestivos. Del azar también surge el vínculo y del errar algunas construyen cotidianos. Así fue que un grupo de niñas torpes con las rodillas peladas y agujetas de tanto levantarse decidieron construir en el bosque una casa-cabaña, como la de los niños perdidos. Como nunca habían construido algo parecido hubieron muchos intentos en los que sufrieron goteras por el frágil techo, frío a causa de las delgadas paredes y heridas en las manos de tanto apretar nudos para que el viento no derribase lo alzado. Con el tiempo llegaron a tener algo parecido a una casa: cuatro muros y tejado, la puerta siempre entreabierta y una bebida caliente en el fuego para compartir risas, lloros y algún que otro resbalón. Era tan inusual esta manera de hacer que ni palabras habían para describirla. A los márgenes, en el punto ciego del ojo social, siguieron sus haceres aprendiendo de ello, de ellas, del contacto y la ruptura, de los miedos pasados aún presentes, de armas que en ocasiones eran arrojadas por costumbre ancestral. Se miraban en reflejos que les devolvían la espalda de la otra y de ese baile descubrían nuevas marcas en la piel, nuevas viejas heridas que atender y escuchar. Como a capas, cada nuevo trazo da más estabilidad y forma a este hogar no perfecto pero sí sólido en su inclinación. Por las noches un fuego alumbra sus figuras: una de ellas cuenta la misma anécdota que tan bien conocen. No importa cuantas veces la repitan, siguen riendo con tierna complicidad cada vez.

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