domingo, 2 de junio de 2013
Decir adiós
La casa ha muerto de inanición; en todas las habitaciones se respira su aire famélico. Desde lejos, antes de entrar en el camino estrecho y terrenoso que conduce hacia sus entrañas, se ve su sombra temblar como si fuera un espejismo, como si fuera el último espasmo del muerto. La chimenea escupe el humo seco de un fuego incapaz de crecer en la madera húmeda Adentro de la casa hay una anciana sentada en una silla del comedor cosiendo y descosiéndose el porvenir. La anciana está ciega. En su ceguera escucha con precisión todos los detalles de la lenta agonía del hogar. La anciana espera a alguien: le espera a él. Pero cuando haya vuelto ya no quedará nada de la casa, ni de la anciana, ni de la condena que le prometió un reencuentro.
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