Lucia es luz. Lucia aún no ha cumplido los cinco años; justo ha empezado a saborear su nombre. Se repite: "mi nombre es Lucia porque mis padres así quisieron llamarme" y le satisface esta respuesta. Incluso siente orgullo identitario en esta primera fase de construcción de su individualidad. Los procesos de creación son completos. La fluctuación, el movimiento: seguir andando. La estaticidad del sujeto se aboca a lo patológico. Lo natural es el laberinto, la confusión,el (re)encuentro de la pérdida, la contraposición -intercambio-.
Un día Lucia decidió rechazar su nombre de Lucia. No sabía exactamente qué había cambiado respecto al día anterior pero sintió su espíritu rebelarse ante la dictadura m/paterna. Este nuevo sentimiento hizo de Lucia un ella provisional, a la espera de otorgarse un nombre escogido por decisión propia. Ella había cumplido cinco años y ya había rasgado el primer mundo conocido. Ahora se había otorgado el papel de nómada: ningún lugar podía/debía ser colonizado, siempre había algo tras lo que ir, tras-pasar todas las puertas posibles del extenso pasillo. Era el impulso de conocer. Era el impulso de mantener el misterio de lo no-sabido. Ella seguía siendo luz y se iluminaba a sí misma yendo de una habitación a otra, abriendo todas las puertas que le eran posibles. Entonces apareció Marie. Marie no sabe si ha cumplido ya los cinco años, Marie no (se)conoce: Marie es un nombre escrito en la pared desnuda de una habitación. Ella dibujó un interrogante al lado. Quedó fascinada con el paréntesis del anónimo. A cada nuevo lugar que visitaba se preguntaba si encontraría a Marie. Ésta se convirtió en su primera gran pregunta. De ahí inicio el viaje: ir en busca de Marie y salvarla como se había salvado a ella misma de la imposición del nombre.
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