Es una figura a la que le faltan algunos trazos ahí y allá para ser persona. Está en un rincón de la húmeda habitación intentando darle esquinazo al frio sin éxito. Está prácticamente desnuda. Es una desnudez frágil; no puede ocultarse de la mirada del Otro. El Otro es ella, la que ha abierto la puerta, la que camina en busca de un nombre (no para ella, que carece de éste, sino para un interrogante).
La figura habla a ciegas:
-¿Por qué estás aquí?
-¿Y tú?
-Yo no estoy aquí porque nunca he estado allá.
-¿Entonces cómo puedes buscarte?
-A veces intento llamarme, pero mi nombre me suena extraño porque me lo he dado yo y no otra persona. Como no he sido llamada jamás por Otro no puedo responderme. Creo que aún he de nacer. Pero tengo miedo de abandonar este lugar.
-¡Pero hay tantos sitios que podrías visitar! ¿No querrías venir conmigo?
-Me perderé.
-Perderse no es malo.
-No lo entiendes. Me perderé y ya estoy perdida. Primero he de nacer.
-¿Y cuando nacerás?
-Mañana, quizás. Pero mañana suele ser siempre mañana.
-Podría venir a buscarte cada día para ver si es el Día.
-¿Sabías que la noche es una caracola? Una espiral que nunca termina. Mañana naceré o no naceré. Mañana será o no será el día destinado a nacer.
-¿Y si ya no quedan días?
La figura calla.
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