Tú que hablabas con las manos, creadoras del más
bello movimiento estático. Tus ausencias son en tu mirar el origen de mi temblor.
La carencia se balancea, las palmas blanqueadas del material del cuerpo que
construyes para olvidar la carne de tu maestro mancillándote, ahogándote en la
incomprensión de la palabra muerta. Tú que callas de labios, tú que padeces el
encierro de la noche, guarida de los días. Tú que nunca lloras porque todo
sentir se hizo escombro -resto de restos-
en el amanecer de la cordura enloquecida.
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